Foto/periódico Pukara
Alegoría a Pedro Domingo
Murillo, pintada en 1909. Se distorsiona la verdad histórica. presentando a los
opresores como románticos héroes, los dominados deben rendir pleitesía.
Ilustración. Liberemos nuestro cerebro conociendo la verdad sobre los “héroes”
a quienes el poder colonial quiere que brindemos homenaje.
Como todos los años, este
mes la ciudad de La Paz, se engalanará el 16 de julio para recordar a Pedro
Domingo Murillo y a los que se conoce como los “protomártires de la
independencia”. Es algo que puede parecer banal, pues el poder nos ha
acostumbrado en esta fecha a desfiles, horas cívicas, exposiciones y verbenas
de homenaje. Sin embargo, debemos estar atentos, pues esta algarabía hace parte
de lo que los teóricos llaman “utilización por el Estado de formas de
dominación”. ¿Por qué formas de dominación? Porque se da el caso de que en La
Paz (y lo mismo en otros departamentos en sus “fechas cívicas” y en Bolivia en
su conjunto el 6 de agosto) se persuade a los descendientes de los oprimidos e
invadidos a festejar y rendir homenaje a sus opresores.
Esto se logra mediante
mecanismos que distorsionan la verdad histórica, ocultando actos fundamentales,
modificando otros e incluso creando de todas piezas interpretaciones que poco
tienen que ver con la realidad. Esto es importante para justificar y mantener
un sistema de dominación. El dominado tiene que acatar y admirar a sus
opresores, principalmente a través de sus héroes que se los presenta como sus
“liberadores”, sus “bienhechores”. Conseguir la aquiescencia del invadido para
mantener la dominación es tarea importante en todo proceso colonial. ¿Cómo se
lo consigue?
Uno de los mecanismos es
alienar la cultura de los invadidos. Según el investigador mexicano Bonfil
Batalla, según un pueblo tenga o no capacidad de decisión sobre sus elementos
culturales la cultura puede ser propia, enajenada o impuesta. El sistema
colonial reduce y empobrece el marco de la cultura propia de los pueblos
indígenas y busca imponer sus propios moldes culturales. Así, es el poder quien
decide qué es bueno o malo para los otros. El caso de las fogatas de San Juan,
por ejemplo. Esta festividad que se da el 24 de junio en todo el país, es un
ejemplo de cultura apropiada. Es decir, el pueblo andino asimiló una festividad
por su semejanza con sus propios pará-metros culturales, se apropió de las
fogatas de San Juan. Actualmente el poder sataniza esa festividad bajo pretexto
de protección del medio ambiente. En realidad, se trata de imponer otras
expresiones culturales para esa fecha que el poder pueda manipular a su gusto,
como las tertulias con salchichas y demás extravagancias inspiradas en países
disímiles al nuestro en cultura. El pretexto de “proteger el medio ambiente” es
una excusa válida para una noche, mientras por ejemplo los 364 días restantes
del año los carros de la Alcaldía de La Paz continúan envenenando el aire
paceño con la contaminación de gases de diésel de sus motores mal calibrados.
El poder también puede
enajenar la cultura. Los elementos culturales se vuelven ajenos cuando la
decisión sobre ellos es expropiada. Se folklori-zan las manifestaciones
culturales y se las promueven con interés comercial ajeno a su sentido
original. Es lo que sucede con la Entrada del Gran Poder y el Año Nuevo Aymara,
por dar sólo dos ejemplos. Surgieron como iniciativas andinas; ahora los organizadores,
los planificadores, son mayormente las instituciones del Estado y del turismo.
Pero un caso en que el
interés del poder colonial se ejerce con más saña e infamia es cuando se obliga
a los pueblos invadidos y avasallados el respeto y sumisión a los símbolos y
héroes de los invasores. Esto se logra distor-sionando la verdad histórica y
movilizando amplios recursos de persuasión y compulsión hacia los miembros de
las sociedades sometidas, especialmente hacia sus niños y jóvenes. Es lo que
sucede en los festejos de los “héroes” y “protohéroes” de la independencia
boliviana.
El caso de los festejos a
Pedro Domingo Murillo y sus partidarios es altamente ilustrativo. Pero ¿quién
era realmente este personaje y qué es lo que en verdad deberíamos rememorar?
Cuando se produjo la
rebelión de Túpac Katari en 1781 los españoles contaron, para sofocarla, con el
decidido apoyo de los criollos y también de varios caciques. Los criollos (es
decir los españoles nacidos en tierras americanas) de ninguna manera se sentían
identificados con los indios. Su proyecto no era el de Túpac Katari sino el del
colonialismo español. Cuando este poder colonial se desgastó, los criollos
aseguraron el relevo, al costo de postergar el proyecto de descolonización
indio.
En la rebelión de 1781 no
había criollos y en la revolución de 1809 no había indios. “La mayoría de los
revolucionarios del 16 de julio de 1809, sin duda fueron los criollos; si bien
es cierto, en el levantamiento participaron algunos españoles y mestizos en
calidad de soldados, especialmente”.
Lo más importante es que en
la revolución de 1781 “los criollos de toda la provincia de La Paz (…) sin
distinción de sus situaciones sociales, ideológicas y económicas, se unieron
con los peninsulares, mestizos y caciques en la defensa de la causa real para
aplastar la rebelión indígena”. Y lo más importante: en esa actitud descollaron
Pedro Domingo Murillo y sus compinches de la revolución de 1809.
Veamos el historial de
algunos de los “protohéroes”: Juan Ramón de Loayza actuó, durante la rebelión
kataristas, como comandante de las fuerzas realistas en los Yungas. Ramón Arias
vino de Arequipa con tropas para ayudar a Segurola en la “pacificación” de los
indios qotos de Río Abajo; desde entonces se quedó en La Paz y actuó después
como revolucionario en 1809. Manuel Cáceres, escribano, participó en la defensa
de los dos cercos de la ciudad de La Paz en calidad de soldado voluntario.
Pedro Domingo Murillo fue
capitán de la primera compañía de fusileros de las tropas de Juan Ramón de
Loayza, acompañándole en su retirada a la “Villa de Cochabamba”. Fue también
ayudante mayor en la expedición de Reseguín para romper el cerco de la ciudad
de La Paz. Posteriormente fue guardián en la prisión de Túpac Katari.
Pedro Domingo Murillo, nunca
tuvo empacho en reivindicar su actitud contra la revolución kataristas. En sus
declaraciones ante autoridades españolas indica” de ser constante los servicios
que tengo hecho en defensa de la corona y la Patria desempeñando los cargos de
oficial.”.
La declaración de Franco
Antonio de Guerrero y Oliden, capitán de la Segunda Compañía de los Yungas
indica: “en la expedición que se hizo para levantar el sitio en que tenían
oprimida los indios esta Ciudad de La Paz vino colocado Don. Pedro Murillo de
Ayudante mayor bajo del comando del Señor Comandante general el Coronel de
Dragones Don. José Reseguín (…) haciéndose acreedor a la distinción del Jefe
como que se le confirieron varias comisiones entre ellas el prendimiento de los
Indios Caudillos Coroneles que le verifico con todo honor y satisfacción del
comandante Gral.”.
Por declaraciones de
Fernando de Irazábal, Ayudante Mayor del Regimiento Pacajes, de Faustino Gómez,
Teniente Capitán de la Segunda Compañía de Yungas y del doctor Basilio
Catacora, incluidas todas en Documentos para la revolución de 1809, editado en
1954, La Paz, se desprende que Pedro Domingo Murillo fue encargado de la
captura de jefes rebeldes, fue carcelero de Túpac Katari y encomendado de
llevar uno de sus miembros descuartizados a Chulumani, como escarmiento para
los indios.
Pedro Domingo Murillo
ratifica estas declaraciones al manifestar él mismo en su declaración, tal como
consta en los documentos del Archivo de La Paz a los que hacemos referencia:
“…En este campo de las Peñas según los papeles presentados logre la
satisfacción de ser uno de los comisionados para el Prendimiento de los Quispes
y demás Coroneles, estar al reparo de las guardias en la prisión de Catarí y
otras que se fiaron a mi cuidado conociendo mi amo al servicio y el esmero y
anhelo con que (desempeñé) mis funciones”.
En resumen: Pedro Domingo
Murillo fue miembro de una familia criolla española. Gozó de una situación
económica holgada, pues fue propietario hacendado, minero y azoguero. Durante
la rebelión kataristas (1781-1782) fue enemigo acérrimo de los indios, luchando
en el bando realista como fiel servidor del Rey de España y de la patria
peninsular. En estos hechos de armas obtuvo los grados de Teniente Capitán y
Coronel por el celo demostrado en destrozar al bando enemigo. Se destacó,
principalmente, en peligrosas misiones contra el ejército indio, habiéndosele
encomendado por ello el apresamiento de los líderes aymaras una vez consumada
la derrota del ejército Aymara. Cumplió esa misión arrestando a varios
caudillos, entre ellos Quispe y Mullupuraka. Fue carcelero de Túpac Katari.
El historiador Aymara Inka
Waskar Chukiwanka le atribuye, además, ser uno de los autores del
descuartizamiento de Túpac Katari, montado en uno de los caballos que para ese
efecto se habilitaron. El mismo investigador indica que antes de morir Túpac
Katari habría dicho a su cancerbero Murillo y a las autoridades españolas: Tata
Intisat jiwtxa, nayxarusti waranqa waranqanakaw sayt’asinipxani, lo que
significa: “Yo muero por nuestro padre Sol, después de mí, millones se
levantarán”. Por su labor en el descuartizamiento de Túpac Katari este mismo
historiador Aymara asevera que Murillo habría recibido recompensa económica del
Rey de España.
El esfuerzo del poder
colonial por enaltecer a los paladines y “protohéroes” de su independencia no
debe cumplir su objetivo de lavar nuestras mentes, de inculcarnos el amor y
respeto a quienes fueron más bien nuestros carceleros y asesinos. No debe
opacar en nuestras mentes, finalmente, el brillo de nuestros verdaderos héroes:
Túpac Katari, Bartolina Sisa, Zárate Willka y muchos otros más. Debe obligarnos
a conocer más sobre nuestra historia y sobre la historia de la colonización,
utilizando para ello los recursos de investigación veraz que son universales.
Así, con la verdad en nuestros cerebros y con la llama de la rebeldía en
nuestro corazón podremos culminar la obra de Túpac Katari.
Fuente/Artículo publicado en el
periódico Pukara/